Bichonomics

06/07/2008

Según la Organización de Biotecnología Industrial (BIO por sus siglas en inglés), asociación que reúne más de 1.000 empresas de 31 países, la carrera por generar bioproductos, biocombustibles, bioprocesos industriales, sólo en la industria química “generará un valor de US$ 160.000 millones para 2010”, asegura Mat Carr, policy director de la entidad.
 

Desde la tuberculosis hasta el mal aliento, pasando por infinidades de infecciones, conforman el extenso prontuario con que las bacterias se han ganado la repulsa humana. Sin embargo, al mexicano Alfredo Suárez Rivero no le asquean los fermentos y caldos de cultivo, sino todo lo contrario. Hace casi una década, mientras se dedicaba a la distribución de productos químicos, una bacteria con gran apetito por los hongos, la Subtilis, le llamó la atención. “Siempre identificamos bacterias con sus especies patógenas, pero en verdad en el cuerpo tenemos más de ellas que células. Son fundamentales para la vida”, analizó entonces, y aún sostiene a quien quiera escucharle.

Con tal argumento en la cabeza y US$ 1,5 millón fundó en 2003 Alianza con la Biosfera, AliBio, para enfocarse en la distribución de productos orgánicos importados para horticultura, acuicultura, y limpieza de aguas servidas. Los resultados fueron más que alentadores. Los bichitos devorando elementos nocivos y deponiendo nutrientes mejoraron la calidad de los frutales y hortalizas. Los beneficios no sólo se vieron en el volumen de rendimiento, sino también en la proporción de productos de primera calidad con su aporte de diferencial de precio. Además redujeron 50% la utilización de fertilizantes. Entre sumas y restas el resultado final de los horticultores mejoró 40%. Tampoco fue menor la efectividad que demostraron en las granjas camaroneras de Sinaloa. Las bacterias sanearon los piletones de crianza y mejoraron el sistema inmunológico de los crustáceos. Con ello, su supervivencia pasó de 35% a 90% de la población en sólo cinco años.

Nada mal. La eficacia se tradujo en un crecimiento del 52% anual en la facturación de AliBio hasta alcanzar los US$ 3 millones durante 2007. Ése fue el mejor estímulo para que Suárez Rivero y compañía decidieran subir la apuesta. Con una inyección de capital por otro US$ 1 millón, 65% del mismo aportado por el Fondo Sinaloa, y un plan para sumar US$ 5 millones más, este año compró derechos y cepas de bichitos, montó una planta con una capacidad inicial para criar 720 toneladas anuales de microorganismos y armó un programa de I+D para generar sus propias colonias y variedades. En ese camino ya trabaja en soluciones para la saratoga negra, una pandemia del banano, y la industria del salmón chileno. Su objetivo: convertirse en líder regional. La ambición de AliBio no es alocada, sino el emergente de una ola creciente. Según la Organización de Biotecnología Industrial (BIO por sus siglas en inglés), asociación que reúne más de 1.000 empresas de 31 países, la carrera por generar bioproductos, biocombustibles, bioprocesos industriales, sólo en la industria química “generará un valor de US$ 160.000 millones para 2010”, asegura Mat Carr, policy director de la entidad, en cuanto simposio tenga lugar.

¿Por qué? Los precios del petróleo y sus derivados como plásticos y fertilizantes, cuyos precios se incrementaron 250% durante el último año, demandan alternativas a gritos, y la biotecnología ya está madura para dar respuestas en varios frentes, sumándose a los éxitos que los microbios han mostrado milenariamente en alimentos, aunque el consumidor no lo sepa, y también son los creadores del efecto prelavado en los jeans desde los 80, cuando sustituyeron las grandes lavadoras con piedra pómez. Así un puñado de start ups latinoa-mericanas de base biotecnólógica se han lanzado al mercado con un as de bacterias bajo la manga. Sin ir más lejos, la también mexicana Bio Fábrica Siglo XXI se sumó a la carrera de los biofertilizantes, aunque enfocada a cultivos extensos como cereales, frijoles o avena forrajera. Más al sur, de la mano del Instituto de Biotecnología de la Universidad de Colombia, Biocultivos S.A. también entró en el negocio, y después de haber hecho ensayos en 50.000 hectáreas de arroz y algodón y mostrar mejoras de 20% en el negocio, ya está en fase de levantar su propia planta industrial.

Fuera del medio rural, el laboratorio multinacional colombiano Procaps también se alió al equipo de la Universidad Nacional e invirtió en una planta piloto para el ensayo de un biopolímero, un material plástico, patentado por la universidad, y un proceso de producción identificado en Malasia con ayuda de una empresa irlandesa que le permitió reducir el costo de producción a menos de un tercio. Hoy busca aplicaciones para su desarrollo, como el remplazo de la insulina, la cobertura de las cápsulas de los medicamentos, o en cosméticos. También en el rubro de los polímeros, la situación de la brasileña Biomater Eco-materiais Ltda. está más avanzada en sus decisiones. Aliada a las universidades de São Paulo y la Federal de São Carlos puso en marcha la producción de embalajes sobre la base de bioplásticos: plásticos biodegradables obtenidos de fuentes vegetales gracias al trabajo intensivo de los microorganismos.

Claro que no será fácil. Según trascendió a la prensa, Dow Chemicals está levantando su propia planta de bioplásticos en el mismo Brasil, como lo anunció a los medios de comunicación Mauro Gregorio, director de nuevos negocios de la corporación. Y seguramente con el tiempo no serán los únicos con problemas competitivos. “Las grandes corporaciones llevan años haciendo fuertes inversiones en este campo, dejando cada vez menos espacios para ingresar”, advierte Mat Carr. El microbio ideal
¿Se trata de la propiedad intelectual? No precisamente. “En América Latina tenemos una biodiversidad tan grande que podemos buscar soluciones alternativas”, opina Dolly Montoya Castaño, cabeza del prolífico grupo de Bioprocesos de la Universidad Nacional de Colombia. El problema es encontrar las bacterias eficientes y que el proceso donde estén insertas sea el indicado, claro que antes y mejor que la competencia.

“No es algo sencillo”, reconoce Suárez Rivero desde Ciudad de México. “Primero hay que identificar las bacterias que pueden ser útiles para cada caso y ver cómo darles un medio estable, y luego cómo se logran reproducir a escala industrial. Ése es nuestro principal secreto”, agrega, sin dejar de aclarar que después de todo eso también hay que lograr que el producto tenga vida útil una vez elaborado. La industria brasileña de etanol puede dar fe de esta obsesión mientras compite con Estados Unidos en la carrera por el etanol de segunda generación. El mega proyecto que vincula más de 150 investigadores brasileños y la colaboración de tres centros extranjeros busca aprovechar 98% de la fibra de la caña digiriéndola con enzimas que aprovecharán la celulosa para transformarla en jarabes fácilmente convertibles en etanol. Si logra ese objetivo, Brasil podría triplicar la producción de su combustible estrella con la misma producción de caña.

El problema es que tiene que reducir 97% el costo de las enzimas del proceso, y dos bacterias de nombre irreproducibles, Clostridium y Actynomycetes, junto a un par de hongos, son los encomendados para semejante desafío. Y hacia ellas se han concentrado las expectativas buscando mejorar el lugar donde trabajan, los biorreactores, ubicándolos en la misma planta para ahorrar en logística. Tampoco Biosigma, sociedad entre la chilena Codelco, la mayor productora del cobre del mundo, y Nipón Minino & Metals, ha superado la etapa de expectativas. La sociedad lleva seis años de investigación, una inversión de US$ 10 millones y ha logrado patentar siete bacterias que limpian el cobre, evitando la utilización de solventes químicos y productos altamente contaminantes.

Pero para llevarlas al mercado aún piden paciencia. Si los grandes proyectos tienen esas dificultades y un centro piloto exige una inversión de US$ 2 millones promedio, según coinciden en la industria, ¿qué pueden esperar los pequeños emprendimientos? Que el sistema tecnológico licue los problemas de escala con inversión física, como en el caso del argentino Instituto Nacional de Tecnología Industrial, que está montando un centro piloto para poner a disposición de los distintos proyectos. “Llevamos siete años de investigación identificando bacterias y estudiando sus propiedades que no podemos medir en términos de inversión”, comenta la colombiana Dolly Montoya Castaño. “Pero hoy el trayecto de laboratorio lo hacemos volando. El problema nos llega a la hora de invertir en la planta de prototipo, etapa en la que recurrimos a la sociedad con empresas”, agrega mientras cuenta que ya tienen tres y a punto de encarar la cuarta. ¿Ése es el momento clave? “No, a esta altura la clave para nosotros es saber dónde está el negocio, si no ni nos metemos”, asegura, jactándose del centro de bionegocios de la universidad.

Fuente: Americaeconomia.com
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